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jueves, 3 de febrero de 2011

POEMAS DE LUIS GARCÍA MONTERO







LUIS GARCIA MONTERO nació en Granada, en 1958. Es Catedrático de Literatura Española de la Universidad de Granada. Entre sus libros de poemas pueden destacarse: Y ahora ya eres dueño del Puente de Brooklyn (1980), Tristia (en colaboración con Álvaro Salvador, 1982, Hiperión 1989), El jardín extranjero(1983, Hiperión 1989), Diario cómplice (Hiperión, 1987), Las flores del frío (Hiperión, 1991), Habitaciones separadas (Visor, 1994), Completamente viernes (Tusquets, 1998), La intimidad de la serpiente (Tusquets, 2003) y Vista cansada (Visor, 2008). Su poesía juvenil fue reunida en el volumen Además (Hiperión, 1994). Ha reunido también una selección de su obra en Casi cien poemas (Hiperión, 1997), Antología personal (Visor, 2001), Poesía urbana (2002), Poemas (Visor, 2004), Poesía. 1980 –2005 (Tusquets, 2006) y Cincuentena (Hiperión, 2010). Se le han concedido los Premios Federico García Lorca de la Universidad de Granada (1980), Adonais (1982), Loewe de Poesía (1993), Premio Nacional de Poesía (1994) y Premio Nacional de la Crítica (2003). Se le ha concedido también la Medalla de Oro de Andalucía. Como ensayista ha publicado El teatro medieval. Polémica de una inexistencia (1984), Poesía, cuartel de invierno (1987, 1988, Seix Barral, 2002), ¿Por qué no es útil la literatura? (en colaboración con Antonio Muñoz Molina, Hiperión, 1993), Confesiones poéticas (Diputación de Granada, 1993), El realismo singular (Libros de Hermes, 1993), Aguas territoriales (Pre-Textos, 1996), Lecciones de poesía para niños inquietos (Comares, 1999), El sexto día. Historia íntima de la poesía española (Debate, 2000), Gigante y extraño. Las Rimas de Gustavo Adolfo Bécquer (Tusquets, 2001), Los dueños del vacío. La conciencia poética, entre la identidad y los vínculos (Tusquets, 2006), Inquietudes bárbaras,  (Anagrama, 2008) y varias ediciones críticas de Federico García Lorca (Poema del cante jondo, Espasa Calpe, 1992), Rafael Alberti (Obras completas, Aguilar, 1988), Luis Rosales (El náufrago metódico, Visor, 2005) y Carlos Barral (Cuaderno de Metropolitano, Cátedra, 1997). Es también autor del libro de prosa narrativa Luna del sur (Renacimiento, 1992) y, junto a Felipe Benítez Reyes, de la novela Impares, fila 13 (Planeta, 1996). Colabora como columnista en la edición de El País de Andalucía. Ha recogido selecciones de sus artículos en los libros La puerta de la calle (Pre-textos, Valencia, 1997), La casa del jacobino (Hiperión, 2003) y Almanaque de fabulador (Tusquets, 2003). Por la novela Mañana no será lo que Dios quiera (Alfaguara, 2009) recibió el Premio del Gremio de Libreros de Madrid como mejor libro del año.



A VECES UNA PIEL ES LA ÚNICA RAZÓN DEL OPTIMISMO

Debería llover
y hace falta ser lluvia,
caer en los tejados y en las calles,
caer hasta que el aire ponga
ojos de cocodrilo
mientras muerde la tierra igual que una manzana,
caer sobre la tinta del periódico
y caer sobre ti
que no llevas paraguas,
que te llamas María y Almudena,
que piensas como abril
en hojas limpias bajo el sol de mayo.
A veces una piel
pudiera ser la única razón del optimismo.
(Poema inédito)


CABO SOUNION


Al pasar de los años,
¿qué sentiré leyendo estos poemas
de amor que ahora te escribo?
Me lo pregunto porque está desnuda
la historia de mi vida frente a mí,
en este amanecer de intimidad,
cuando la luz es inmediata y roja
y yo soy el que soy
y las palabras
conservan el calor del cuerpo que las dice.

Serán memoria y piel de mi presente
o sólo humillación, herida intacta.
Pero al correr del tiempo,
cuando dolor y dicha se agoten con nosotros,
quisiera que estos versos derrotados
tuviesen la emoción
y la tranquilidad de las ruinas clásicas.
Que la palabra siempre, sumergida en la hierba,
despunte con el cuerpo medio roto,
que el amor, como un friso desgastado,
conserve dignidad contra el azul del cielo
y que en el mármol frío de una pasión antigua
los viajeros románticos afirmen
el homenaje de su nombre,
al comprender la suerte tan frágil de vivir,
los ojos que acertaron a cruzarse
en la infinita soledad del tiempo.

  


CANCIÓN DE ANIVERSARIO                                                                                                                                                
                                                                                                                                                "...incómodos
                                                                                                                       de no sentir el peso de los años".
                                                                                                                                   Jaime Gil de Biedma

Son
extrañamente hermosos todavía,
estos labios de hace ahora tres años
y me parece inédito
el gesto de tu beso,
este llegar aquí cada vez más tranquilo,
con la serenidad
del que tiene por cómplice la vida
y su rutina.

Hoy sabemos que entonces,
cuando tus veinte años y mi primer abrazo,
empezamos por ser
sobre todo indecisos: la tímida torpeza
de la primera noche
y la dificultad
con que dejar las manos
en el hábito infiel de nuestros vicios.

Ahora
extrañamente hermoso estar aquí,
demasiado a menudo y decididos,
incómodo
de no sentir el peso de los años
aprendiendo contigo la premeditación
y escribiendo en tu piel mi alevosía.

Porque suele haber bancos donde se espera siempre,
aceras que prefieres por costumbre
o líneas de autobús al mediodía.

Y sin embargo tú
reapareces inédita en tu gesto
para decirme hoy
que le conteste al tiempo y sus preguntas
el práctico saber que tienes de mi cuerpo.






CONFESIONES


Yo te estaba esperando.
Más allá del invierno, en el cincuenta y ocho,
de la letra sin pulso y el verano
de mi primera carta,
por los pasillos lentos y el examen,
a través de los libros, de las tardes de fútbol,
de la flor que no quiso convertirse en almohada,
más allá del muchacho obligado a la luna,
por debajo de todo lo que amé,
yo te estaba esperando.
Yo te estoy esperando.
Por detrás de las noches y las calles,
de las hojas pisadas
y de las obras públicas
y de los comentarios de la gente,
por encima de todo lo que soy,
de algunos restaurantes a los que ya no vamos,
con más prisa que el tiempo que me huye,
más cerca de la luz y de la tierra,
yo te estoy esperando.
Y seguiré esperando.
Como los amarillos del otoño,
todavía palabra de amor ante el silencio,
cuando la piel se apague,
cuando el amor se abrace con la muerte
y se pongan mas serias nuestras fotografías,
sobre el acantilado del recuerdo,
después que mi memoria se convierta en arena,
por detrás de la última mentira,
yo seguiré esperando.


CANCIÓN DE LA BRUJERÍA



Señor compañero, Señor de la noche,
haz que vuelva su rostro
quien no quiso mirarme.

Que sus ojos me busquen
sostenidos y azules
por detrás de la barra.

Que pregunte mi nombre
y se acerque despacio
a pedirme tabaco.

Si prefiere quedarse,
haz que todos se vayan
y este bar se despueble
para dejarnos solos
con la canción más lenta.

Si decide marcharse,
que la luna disponga
su luz en nuestro beso
y que las calles sepan
también dejarnos solos.

Señor compañero, Señor de la noche,
haz que no cante el gallo
sobre los edificios,
que se retrase el día

y que duren tus sombras
el tiempo necesario.

El tiempo que ella tarde en decidirse.



AUNQUE TÚ NO LO SEPAS

Como la luz de un sueño,
que no raya en el mundo pero existe,
así he vivido yo
iluminado
esa parte de ti que no conoces,
la vida que has llevado junto a mis pensamientos...

Y aunque tú no lo sepas, yo te he visto
cruzar la puerta sin decir que no,
pedirme un cenicero, curiosear los libros,
responder al deseo de mis labios
con tus labios de whisky,
seguir mis pasos hasta el dormitorio.

También hemos hablado
en la cama, sin prisa, muchas tardes
esta cama de amor que no conoces,
la misma que se queda
fría cuanto te marchas.

Aunque tú no lo sepas te inventaba conmigo,
hicimos mil proyectos, paseamos
por todas las ciudades que te gustan,
recordamos canciones, elegimos renuncias,
aprendiendo los dos a convivir
entre la realidad y el pensamiento.

Espiada a la sombra de tu horario
o en la noche de un bar por mi sorpresa.
Así he vivido yo,
como la luz del sueño
que no recuerdas cuando te despiertas.


COMO CADA MAÑANA



Ahora sé
que estas calles nos han hecho solitarios
y nuestro corazón
tiene el pulso amarillo
de las maderas lentas de un tranvía.

Sobre su cuerpo viejo
andábamos despacio, de forma irregular,
con una simetría parecida a los árboles.

Era hermoso acudir
cada mañana
y respetar la cita con la hiedra
del muro,
los ropajes cansados de las casas estrechas
y de las calles sucias. Agradable
cruzar sobre algún puente,
detenerse lo exacto
para ver cómo el agua discute en las orillas.

En su jardín olimos
los primeros inviernos, su curso indefinido
por entre las palmeras.
Casi nadie pasaba,
sólo había
cuarenta sillas rojas
de los bares cerrados y alguna soledad
definitiva.

Durante muchos años,
durante tantos días que pasaron
el uno tras el otro,
el deber era un cierto paseo solitario,
la cita con un rumbo que sólo desviamos
para pisar las horas que caían,
los sueños que faltaban,
la superficie helada de los charcos,
para saltar los setos
o besamos las uñas moradas por el frío.
Y llegando a la puerta solíamos comprar
pequeños caramelos de nata o de violetas.

Entrábamos por fin para mezclamos
como cada mañana de la vida
con el paso cansado, los azulejos fríos
de un mundo hecho en latín
y números romanos.

Ahora sé
que en aquella ciudad deshabitada
la gente andaba triste,
con una soledad definitiva
llena de abrigos largos y paraguas.






[Como el primer cigarro...]



Como el primer cigarro,
los primeros abrazos. Tú tenías
una pequeña estrella de papel
brillante sobre el pómulo
y ocupabas la escena marginal
donde las fiestas juntan la soledad, la música
o el deseo apacible de un regreso en común,
casi siempre más tarde.

Y no la oscuridad, sino esas horas 
que convierten las calles en decorados públicos
para el privado amor,
atravesaron juntas
nuestras posibles sombras fugitivas,
con los cuellos alzados y fumando.
Siluetas con voz,
sombras en las que fue tomando cuerpo
esa historia que hoy somos de verdad,
una vez apostada la paz del corazón.

Aunque también se hicieron
los muebles a nosotros.
Frente a aquella ventana -que no cerraba bien-
en una habitación parecida a la nuestra,
con libros y con cuerpos parecidos,
estuvimos amándonos
bajo el primer bostezo de la ciudad, su aviso,
su arrogante protesta. Yo tenía
una pequeña estrella de papel
brillando sobre el labio.




CONVERSACIONES


Como el primer cigarro,
los primeros abrazos. Tú tenías
una pequeña estrella de papel
brillando sobre el pómulo
y ocupabas la escena marginal
donde las fiestas juntan la soledad, la música
o el deseo apacible de un regreso en común,
casi siempre más tarde.

Y no la oscuridad, sino esas horas
que convierten las calles en decorados públicos
para el privado amor,
atravesaron juntas
nuestras posibles sombras fugitivas
con los cuellos alzados y fumando.
Siluetas con voz,
sombras en las que fue tomando cuerpo
esa historia que hoy somos de verdad,
una vez apostada la paz del corazón.

Aunque también los muebles
se hicieron a nosotros.
Frente a aquella ventana -que no cerraba bien-,
en una habitación parecida a l a nuestra,
con libros y con cuerpos parecidas,
estuvimos amándonos
en el primer bostezo de la ciudad, su aviso,
su arrogante protesta. Yo tenía
una pequeña estrella de papel
brillando sobre el labio.




CONFESIONES


Yo te estaba esperando.
Más allá del invierno, en el cincuenta y ocho,
de la letra sin pulso y el verano
de mi primera carta,
por los pasillos lentos y el examen,
a través de los libros, de las tardes de fútbol,
de la flor que no quiso convertirse en almohada,
más allá del muchacho obligado a la luna,
por debajo de todo lo que amé,
yo te estaba esperando.
Yo te estoy esperando.
Por detrás de las noches y las calles,
de las hojas pisadas
y de las obras públicas
y de los comentarios de la gente,
por encima de todo lo que soy,
de algunos restaurantes a los que ya no vamos,
con más prisa que el tiempo que me huye,
más cerca de la luz y de la tierra,
yo te estoy esperando.
Y seguiré esperando.
Como los amarillos del otoño,
todavía palabra de amor ante el silencio,
cuando la piel se apague,
cuando el amor se abrace con la muerte
y se pongan mas serias nuestras fotografías,
sobre el acantilado del recuerdo,
después que mi memoria se convierta en arena,
por detrás de la última mentira,
yo seguiré esperando.




DEDICATORIA


Si alguna vez la vida te maltrata,
acuérdate de mí,
que no puede cansarse de esperar
aquel que no se cansa de mirarte.

  


[Déjame, pensamiento, déjame...]



Déjame, pensamiento, déjame,
mañana seré tuyo,
volveré a ser tu presa.
                                    Pero hoy,
mientras la luz araña en los árboles y pide
una oportunidad,
quiero que me recoja la inútil primavera.

A la casa del frío
regresaré mañana, cuando el tiempo
exponga sus razones
y el corazón pregunte
lo que falta por ver,
cuántos latidos
pueden quedarle para detenerse.


  
DESORDENADAMENTE


Tus ojos
que están llenos de selvas y son un manifiesto,
desordenadamente
me hacen aventurero
                                             y revolucionario






[Esa luna color de viejo saxofón]



Esa luna color de viejo saxofón
me retendrá en París.
Esa luna color de vieja mariposa,
de alma vieja buscando sobre el viento
ojos para mirar el fin de siglo,
gatos que son las dudas de la noche.
              
Tiéndete junto a mí. Despierta en la memoria
esa inquietud que guardan los que acaban de amarse,
la imperceptible prisa de los labios
que buscaron un cuello donde apoyar su aliento.
Y déjame mirarte, frente a frente,
con estos mismos ojos orientales
que utiliza el amor para observamos.






SONATA TRISTE PARA LA LUNA DE GRANADA

A Marga 

"Le ciel est par-dessus le toit"
      Paul Verlaine



Esta ciudad me mira con tus ojos, 
parpadea,               
porque ahora después de tanto tiempo 
veo otra vez el piano que sale de la casa               
y me llega de forma diferente, 
huyendo del salón, 
abordando las calles               
de esta ciudad antigua y tan hermosa, 
que sigue solitaria como tú la dejaste,               
cargando con sus plazas, 
entre el cauce perdido del anhelo 
y al abrigo del mar.               
Estarías aquí 
y nada habría cambiado sino el tiempo, 
el cadáver extraño de sus ríos               
que siguen sumergidos 
como tú los dejaste. 
Ahora 
siento otra vez mi cuerpo poblarse de veletas               
y lo veo entendido 
sobre generaciones de ventanas antiguas 
mientras la noche avanza solitaria y perfecta.               
Somos de una ciudad 
cargada de paciencia, 
que no conoce el sueño de los invernaderos,               
ni ha vivido la extraña presencia del amor. 
Como pequeñas venas               
los comercios esperan para abrirse mañana 
y el deseo no existe               
más allá de la luna de los escaparates. 

Hemos soñado ya todos los sueños,               
hemos vivido aquí 
donde la historia olvida sus raíles vacíos,               
donde la paz es negra y se recoge 
entre plazas cerradas, 
sobre tabernas viejas,               
bajo el borde morado del misterio. 

Alguna vez soñamos 
con un mundo distinto:               
era cuando el imperio perdido del azúcar 
y llegaban viajeros 
al olor de la industria.               
Las calles se llenaron de motores rugientes 
y la frivolidad 
como una enredadera brillante por los ojos               
nos ofreció de pronto 
templada carne, lámparas de araña. 
Parece que os recuerdo               
abrasados al mundo entre trajes de hilo, 
entre la piel hermosa de una época               
que nos dejó sus árboles, 
el corazón grabado 
sobre las pitilleras, y su dedicatoria               
en las fotografías. 
Ahora 
cuando el destino ya no es una excusa               
sino la soledad, 
y los cielos están bajo el tejado 
como tú los dejaste,               
todo recuerda un sueño sucio 
de madrugada. 
Aquí 
no tuvimos batallas sino espera.               
La guerra fue un camión que nos buscaba, 
detenido en la puerta,               
partiendo con sus ojos encendidos 
de espía 
y al abrigo del mar.               
Más tarde 
entre canciones tristes de marineros rubios 
todo quedó dormido.               
De balcón a balcón 
oímos la posguerra por la radio,
y lejos,               
bajo las cruces frías de las plazas, 
ancianas sombras negras pascaban               
sosteniendo en las manos 
nuestra supervivencia. 

Esta ciudad es íntima, hermosamente obscena,               
y tus manos son pálidas 
latiendo sobre ella 
y tu piel amarilla, quemada en el tabaco,               
que me recuerda ahora 
la luz artificial del alumbrado. 

Vuelvo hacia ti. Mi corazón de búho               
lo reciben sus piernas. 
Como testigos mudos de la historia
acaricio las cúpulas perdidas,               
palacios en ruina, 
fuentes viejas 
que recogen la luna 
donde van a esconderse los últimos abrazos.               
Verdes en el cansancio 
de todas las esquinas 
esta ciudad me mira con tus ojos de musgo,               
me sorprende tranquila 
de amor y me provoca. 
Amanece 
moradamente un día               
que las calles comparten con la lluvia. 
La soledad respira más allá               
de las grúas 
y mi cuerpo se extiende 
por una luz en celo que adivina               
los labios de la sierra, 
la ropa por las torres de Granada. 
              
La madrugada deja 
rastros de oscuridad entre las manos. 
      Oigo 
una voz que clarea. Lentamente 
los tejados sonríen cada vez más extensos,               

y así, 
como una ola, 
entre la nube abierta de todos los suburbios,               
esta ciudad se rompe sobre las alamedas, 
bajo los picos últimos               
donde la nieve aguarda 
que suba el mar, que nazca la marea. 



domingo, 30 de enero de 2011

POEMAS DE LUIS ANTONIO DE VILLENA






Luis Antonio de Villena nació en Madrid en octubre de 1951, es licenciado en Filología Románica. Realizó estudios de lenguas clásicas y orientales, pero se dedicó nada más concluir la Universidad, a la literatura y al periodismo gráfico y después al radiofónico. Además ha dirigido cursos de humanidades en universidades de verano y ha sido profesor invitado y conferenciante en distintas universidades nacionales y extranjeras. Publicó con 19 años de edad su primer libro de poemas, Sublime Solarium. Su obra creativa -en verso o prosa- ha sido traducida, individualmente o en antologías, a diversas lenguas, entre ellas, el alemán, japonés, italiano, francés, inglés, portugués o el húngaro. Ha recibido el Premio Nacional de la Crítica (1981) -poesía- el Premio Azorín de novela (1995), el Premio Internacional Ciudad de Melilla de poesía (1997), el Premio Sonrisa Vertical de narrativa erótica (1999) y el Premio Internacional de poesía Generación del 27 (2004). En octubre de 2007 recibió el II Premio Internacional de Poesía "Viaje del Parnaso". Desde noviembre de 2004 es Doctor Honoris Causa por la Universidad de Lille (Francia). Ha escrito y escribe artículos de opinión y crítica literaria en varios periódicos españoles desde 1973. Ha colaborado en numerosos programas televisivos y sobre todo radiofónicos. Actualmente colabora en El Mundo y en Radio Nacional de España. Ha hecho distintas traducciones, antologías de poesía joven, y ediciones críticas. A pesar de sus múltiples actividades, y de su gusto por la narrativa y el ensayo, cuando le preguntan, no duda en calificarse como, básicamente, poeta. Entre sus muchas libros de poesía destacan: Sublime Solarium (1971); Hymnica (antología, 1975); El viaje a Bizancio (1976) Poesía 1970-1982 (Obra Completa, con prólogo de José Olivio Jiménez, 1983); La muerte únicamente (1984);  Asuntos de delirio (1996); Celebración del libertino (1998 XIX Premio Ciudad de Melilla);  Alejandrías (Antología, 2004); Los gatos príncipes. (2005, VII Premio Generación del 27);  Honor de los vencidos (2008, Antología de la obra total del autor) y  La prosa del mundo (2009, edición aumentada en 40 poemas del libro de fines de 2007).


  
  

EL CARDENAL BEMBO ESCRIBE A LUCRECIA BORGIA


carpe diem quam minimum credula postero
HORACIO

chi vuol esser lieto sia:
di doman non c'è certezza

LORENZO DE MEDICI

Tormenta de rubí, cristal o seno,
una diosa atraviesa el ancho espacio,
y siente el labio aromas de topacio,
cortinas luengas, dulce desenfreno.
Combatir no es posible el viento pleno
que del desierto trae raudo o despacio,
la arena o rosas que con paso lacio
el collar cumple al fin de tu veneno.
Acepta, pues, y omite la costumbre,
estatua juzga el resto de tus días
y el jade de tus labios da a la lumbre.
No pienses en más islas apacibles,
la copa y los perfumes en que fías
todo ya es. Lo demás son imposibles.

  

KITAGAWA UTAMARO. NOCHE EN EL MUNDO PERECEDERO


Mar, cúbrenos con tus ondas, desata en nosotros la verde curvación de tu cuello, haznos sucumbir bajo tus crestas, en nuestros ojos pon el lirio como el fuego de tus manos, destroza nuestras torres, nuestros navíos haz murallas abrasadas, Edo o Babilonia, la llanura inmensa y larga de tus manos, destrúyenos para siempre, dibuja sobre nosotros la flor espiral de la derrota, el torbellino azul como el penacho muerto, el fin perpetuo. Mar, inúndanos, ahóganos bajo tus grandes abetos para siempre y sea sólo sobre una estatua inútil un blanco reguero de la espuma...



EL FAUNO DEL PARQUE


¡Qué extraño el joven fauno que grita
su hermosura! Al viento el brazo aleve,
como agitando un tirso de flores y de espumas
parece que te mira o te habla o te invita.
Su cuerpo es una danza extática y curva, 
su cabello es suave como tarde en un río,
hay una flor extraña prendida en su cintura
y un mudo deseo que hiere en sus pupilas.
¿Qué raro fuego guarda el fauno entre los labios?
Parece de su brazo desprenderse un perfume,
mientras en sangre eterna vence al polvo del aire.
Ideal como la dócil cauda de la tarde,
el joven semidiós triunfa del viandante.
Barro o mármol es oro y amor, solitario, en el parque.



QUERUBES


Entregados al mal y a los deseos,
aman la sangre y los placeres turbios,
el vértigo infinito de los labios,
el peligro que acecha tras las curvas.
Pero su cuerpo es bello y seductores
son sus ojos como ramos de lilas,
hay huertos escondidos en sus labios,
cálidos ríos en su piel nocturna.
Todo se desconoce de su origen.
Son una raza extraña de fulgores
hermosos. Ancho dolor de deseos.
Les darías la vida como un ebrio,
porque hay rosas de amor en sus labios,
y nada importa el mal en cuerpos bellos.



PISCINA


Con un ligero impulso la palanca palpita,
y el desnudo se goza un instante en el aire,
para astillar después en vibraciones verdes 
el oro y el azul y la espuma que canta.
Desciendes un momento. Y riela en los visos
del cristal transparente el fuego que galopa
entre las ramas verdes, y es túnica
de seda que amorosa recoge la selva de tu cuerpo.
Te detienes y nadas. El fondo es tu capricho.
Como un solaz de algas que amase tu cabello
te complaces en verte por grutas submarinas.
Y al regresar al sol, nos miras en la orilla, 
mientras, toda codicias sexuales, el agua
deseosa, se goza solitaria en tu cintura.

  

EPINICIO


Salta al aire, y arde al sol en un brillo encendido.
El músculo se estira victorioso. Ondea el pelo rubio, 
y bailan sedas de agua sobre una piel de oro. 
Bulle un río, y el cuerpo es la sed de una batalla. 
Los brazos se alargan, y las piernas armoniosas
y brillantes. Se cierra un bosque al cerrar los ojos.
Cantan las manos. El cuerpo adolescente reta al aire.
Como un himno se eleva la figura, y se ondula. 
El pelo nada, la piel seduce al ámbar, y el impulso
se transforma en joven música encendida. Salta ahora.
Y es todo victoria. Quien saltó y quien baja es otro distinto.
Y va más allá el milagro porque es otro el que mira.
  


PALABRAS DE UN LECTOR DEL “FEDRO”


Cuando se ofrezca a ti la Belleza, 
cuando sacuda su pelo un minuto en 
el viento, cuando brille su torso espléndido, 
acéptala como el presente de un rey 
magnánimo. Complácete en su figura
joven, en su oro súbito, en su pecho
terso, que apareció sin saber por qué,
en horas extraordinarias o cotidianas.
No preguntes jamás qué significa 
aquello. Es incorrecto demandar al rey
por su regalo. Incorrecto e inútil.
Acéptalo nada más. Mira el don fugaz,
y goza, hazlo tuyo si puedes. Desea.
Porque pronto, ya sabes, se tornará ceniza,
y la Belleza, tras el deseo, es tan sólo memoria.
Y no olvides que la última elegancia
es la tierra imaginada. El doncel que 
busca al dragón. Su espera en la noche.
La armonía de su cuerpo que sueña diosas lejanas...




MUCHO MÁS TRISTE QUE LA MUERTE ODIOSA

  
Amante de la Muerte, enamorado feliz
del único reposo que habita en este mundo:
¡Sal, sal fuera, huye, escapa para siempre!
¿Cómo perseverar un año más? Es muy duro 
el camino, y no me gusta nada este universo.
Porque amo, y la mano parpadea en el aire.
Deseo, y el ansia no se transforma en cuerpos rubios.
Y caen mis párpados, porque no soy feliz
apenas nunca, y pesa extrañamente la melancolía.
Yo huiría de aquí, no me veríais nunca, 
gritaría ¡fuego!, ¡fuego! Y cerrando el telón
me pondría un vestido verde, como de escamas
de otro mundo. Porque he querido ser un rey
que cena antes de la guillotina; un frívolo
galán bajo un baile de arañas, y un hermoso
muchacho cuya vida es de amor y de lujo.
Pero ninguno he sido. Es muy arduo vivir.
Y ningún futuro (ninguno) es elegante o digno.



EL PASO DE LA LAGUNA ESTIGIA


 A un lado del bosque -por la orilla-
veía extraños fuegos y gritos espantosos.
(Digo bien: Veía gritos, porque nada oía).
Era el aire melancólico y sombrío.
y lo cruzaban pájaros de color ceniza.
No puedo decir que sufriera exactamente,
era una sucesión de agobio, pesadumbre, angustia,
como queriendo llorar y sintiéndote solo.
Al otro lado del agua (un agua esmeraldina,
profunda, portentosa) se distinguía apenas
otro bosque, y una ignota claridad desconocida.
A la vera del agua (sin rumor, pero móvil)
había un viejo desnudo, con crespa barba blanca.
Le dije: ¿Cuál es la verdad, dime;
qué debí haber hecho? ¿Retirarme de todo,
vivir remoto al mundo, en la paz de las sierras?
¿O arder en las batallas y zozobras,
intrigar, morder ansia, escalar arduamente,
herir al semejante con ponzoña enconada?
¿O simplemente entregarme a la carne,
hundirme entre los cuerpos día a día
mientras seca la lengua siente un vacío instante?
¿Qué debí haber hecho? ¿El poder, la soledad,
el amor, el triunfo? ¿A cuál dedicarse?
Y el viejo no se inmutó aunque yo temblase.
Respondió: Cualquier cosa que hicieras, es lo mismo.
No hay verdad aquí. Nada es verdad segura.
Si buscaste el sosiego -sólo eso- y es mucho...
Esta es la única verdad, siguió. Y me mostró
una barca. Esta de ahora es la sola verdad
de cuanto existe. Y me tendió un vaso de agua clara.
Toma, añadió. Me cogió la mano. Y sentí un blando
frío en los pies, al mojarme, subiéndome a su barca.
Al fondo, un raro sol, como violeta y rojo,
que no daba calor, parecía la sangre cuando mana.



CRISIS ÚLTIMA EN EL IMPERIO

 

 (Homenaje a William S. Burroughs)

Me dijo que podía darme noticias,
si esa palabra aún significaba algo:
Nueva York, desde luego, había desaparecido,
y millones de personas muerto
catastróficamente, echadas al camino,
en las inmensas tormentas polares 
que se incrementaban desde el sur de Siberia...
Las redes de comunicación
eran prácticamente inservibles
- apenas había vuelos regulares
o autopistas en uso -
Y el orden - o el desorden -
pertenecía a los Señores de la Guerra...
Estábamos en una aldea del sur
marroquí, donde nada parecía suceder,
aunque la gente estaba aterrorizada,
sin correo, ni autobuses ni televisión.
Me dijo que seguiría hacia el este
y que, quizás, pudiera yo acompañarle.
Te pueden matar fácilmente,
y tú puedes matar, tendrás que hacerlo...
Morir es menos extraordinario que nunca,
con cientos de laboratorios biológicos en llamas,
pero, a cambio, pasase lo que pasara
en un mundo terrible donde la impotencia
había destruido la vitalidad (tal dijo)
y el resultado era este apocalipsis de venganza
o este preludio a un tiempo nuevo
o al vacío finalmente alcanzado
entre crímenes, epidemias y tormenta,
lo cierto era, contra toda esperanza,
que ahora sí éramos realmente libres
y (ya que no supimos organizar la libertad)
ahora, al menos, frenética y terriblemente,
al menos, un corto tiempo, podríamos vivirla...
¿Peligroso?. ¿Cuándo no fue peligroso ser libre?

lunes, 4 de octubre de 2010

POEMAS DE JAIME SILES





Jaime Siles (Valencia, 1951). Doctor en Filología Clásica por la Universidad de Salamanca. Becado por la Fundación Juan March, amplió estudios en la Universidad de Tübingen bajo la dirección de Antonio Tovar. Posteriormente trabajó como investigador contratado en el Departamento de Lingüística de la Universidad de Colonia. De 1976 a 1980 fue profesor de Filología Latina en la Universidad de Salamanca; de 1980 a 1982, por oposición, en la de Alcalá de Henares. En 1983 obtuvo la cátedra de Filología Latina de la Universidad de la Laguna (Tenerife). Este mismo año fue nombrado Director del Instituto Español de Cultura en Viena y Agregado Cultural en la Embajada de España en Austria. Catedrático Honorario de la Universidad de Viena (1984-1986), ha impartido clases también en las universidades de Graz, Salzburg, Madison-Wiscosin, Bérgamo, Berna y St. Gallen. Actualmente es Catedrático de Filología Latina de la Universidad de Valencia. En 1973 obtuvo el Premio Ocnos; en 1983, el Premio de la Crítica; y, en 1989, el Premio Internacional Loewe de Poesía. Ganó la primera edición del Premio Generación del 27. Ha publicado los siguientes libros de poesía: Génesis de la luz (Málaga, El Guadalhorce, 1969); Biografía Sola (Málaga, El Guadalhorce, 1971); Canon (Barcelona, Llibres de Sinera, Ocnos, 1973); Alegoría (Barcelona, Ámbito Literario, 1977); Poesía 1969-1980 (Madrid, Visor, 1983); Música de Agua (Madrid, Visor, 1983); Poemas al revés (Madrid, Ediciones El Tapir, 1987); Columnae (Madrid, Visor, 1987); Obra poética 1969- 1989. La Realidad y el Lenguaje. (Prólogo de Ramón Irigoyen, Aula de Poesía Latinoamericana de la Biblioteca "Casa de la Entrevista", Alcalá de Henares, 1989); Semáforos, Semáforos (Madrid, Visor, 1990); Himnos tardíos (Madrid, Visor, 1990); El Gliptodonte y otras canciones para niños malos (Madrid, Austral Juvenil, Espasa-Calpe, 1990); Poesía 1969-1990 (Madrid, Visor, 1992).


 TRAGEDIA DE LOS CABALLOS LOCOS


A Marc Granell




Dentro de los oídos,
ametralladamente,
escucho los tendidos galopes de caballos,
de almifores perdidos
en la noche.
Levantan polvo y viento,
al galopear el suelo
sus patas encendidas,
al herir el aire
sus crines despeinadas,
al tender como sábanas
sus alientos de fuego.
Lejanos, muy lejanos,
ni la muerte los cubre,
desesperan de furia
hundiéndose en el mar
y atravesándolo como delfines vulnerados de tristeza.
Van manchados de espuma
con sudores de sal enamorada,
ganando las distancias
y llegan a otra playa
y al punto ya la dejan,
luego de revolcarse, gimientes,
después de desnudarse las espumas
y vestirse con arena.
De pronto se destienen. Otra pasión los cerca.
el paso es sosegado
y no obstante inquieto,
los ojos coruscantes, previniendo emboscadas.
El líquido sudor que los cubría
se ha vuelto de repente escarcha gélida.
Arpegian sus cascos al frenar
el suelo que a su pie se desintegra.
Ahora han encontrado de siempre, sí, esperándoles
las yeguas que los miran.
Ya no existe más furia, ni llama que el amor, la dicha de la
sangre,
las burbujas amorosas que resoplan
al tiempo que montan a la s hembras.
Y es entonces el trepidar de pífanos, el ruido de cornamusas,
el musical estrépito
que anuncia de la muerte la llegada.
Todos callan. Los dientes se golpean quedándose
soldados.
Oscurece. La muerte los empaña, ellos se entregan
y súbito, como en una caracola fenecida, en los oídos escucho
un desplomarse patas rabiosas, una nube de polvo levantado
por crines,
un cataclismo de huesos que la noche se encarga
de enviar hacia el olvido.

 ACIS Y GALATEA




Ese cuerpo labrado como plata,
ese oro, esa túnica, esa piel,
ese color que tiñe la escarlata
corola del pistilo de un clavel;


ese cielo de cárdenos espacios,
esa carne que tiembla en el vaivén
de las rodillas y de los topacios
nos dicen que este cuadro es de Poussin.


El resplandor del sol en los minutos
del gris del agua sobre el gouache del gres,
el césped de corales diminutos
que puntean las puntas de sus pies;


el placer de los vicios absolutos,
el maquillado estambre, el cascabel
de sus tacones, los ojos resolutos
disueltos en vidrieras de bisel;


las dunas de su cuerpo y esas manos
que la luz difumina en el papel
de este poema dicen que eran vanos
ese oro, esa túnica, esa piel.


La chica que los mira aquí a mi lado
es más real que el lienzo y que el pincel:
hace un gesto de geisha emocionado,
más certero, más cierto, más rimado
de rimmel que la estrofa del clavel.


El cuadro del museo que miramos
no está en la sala, ni en el Louvre, ni en
la Tate Gallery, el Ermitage o Samos,
y no es -ni por asomo- de Poussin.


El cuadro del museo que miramos,
Acis y Galatea, ella y él,
somos nosotros mismos mientras vamos
-ojo, labio, boca, lengua, mano-
sobre la carne del amor humano
ensortijando flores, cuerpos, ramos
de un verano mejor que el del pincel.

 BIOGRAFÍA


Mi ayer son algas de pasión,
luces de espuma.
Y una arena insaciable que devora
los cuerpos submarinos.
Un cielo blando donde beben
las palomas sin rumbo del estío.






CONVENTO DE LAS DUEÑAS

A Federico Ordiñana




El oscuro silencio tallado sobre el tacto
golpea sin tocar la luz de esta materia,
de esta altura perdida persiguiendo
la eternidad donada a sus figuras.


Un sosiego perenne asciende hasta la música.
difumina los ecos sonoros del espacio
y pulsa, impele, domeña, geometriza
la mágica sorpresa del aire en surtidores.


Infiel al arbotante, a la jamba convexa,
al ritmo que la mano con claridad impone,
deja un aliento verde para llegar al sueño,
al éxtasis que crece desde la piedra en fuga.


Y queda un resplandor, una callada imagen,
un fragmento de tiempo que impreciso se ahonda
y nunca más se ha sido: se está siendo
porque en su dimensión la forma dura.




DAIMON ATOPON

A Marifé y Pepe Piera


I



Se te puede buscar bajo un ciprés de espuma,
en los dedos del aire, metálico del sueño,
en un volcán de pájaros incendiados de nieve
o en las olas sin voz de los peces de plata.


Te ocultas en los ríos,
en las hojas de piedra,
en las lunas heladas.
Vives tras de las venas,
al borde de los dientes,
invisible en la sangre, desnuda, de la aurora.


Te he visto muchas veces arder en los cristales,
saltar en las pupilas,
consumirte en los ecos de un abismo innombrable.


Tu sombra me dio luz,
acarició mi frente,
se hizo cuerpo en mi boca.
Y tu mirada quema, relámpago de hielo,
humo en las cejas,
lava.

 II



Árbol de olvido, tú,
cuerpo incesante,
paloma suspendida sobre el vértigo.
Hay una sal azul tras de tus cejas,
un mar de abierto fuego en tus mejillas
y un tic-tac indecible que me lleva
hasta un profundo dios hecho de espuma.


Y es otear el aire,
arañar el misterio,
acuchillar la sombra.


Y te voy descubriendo,
metálica mujer, entre el espino:
un murmullo de sangre transparente
en el rostro perdido del silencio.


III



Por ti la luz asciende a mediodía,
arena prolongada hasta mis labios,
hilo de tierra ardiente y presurosa
donde el espacio brota mas intenso.


Es un géiser de espuma,
de interrumpida lava,
de paloma incompleta
que multiplica el aire en dimensión de voces.


Todo es música, nota, diapasón.
Hasta los cuerpos, en la nada, suenan.





EL CORAZÓN DEL AGUA



Remos, mareas, olas.
Un murmullo impreciso perpetúa
la oculta faz del imposible aliento.


Una gota de sal disuelta llama
sobre un pecho pretérito
buscándote.


Un párpado de luces diminutas
donde tus dedos tocan el azogue.


Un latido oxidado que penetra
y lame y teje y corta claridades.
Sólo existir perdido
donde el agua
multiplica su rostro en otras ondas.

 HIMNO A VENUS



Amor bajo las jarcias de un velero,
amor en los jardines luminosos,
amor en los andenes peligrosos
y amor en los crepúsculos de enero.


Amor a treinta grados bajo cero,
amor en terciopelos procelosos,
amor en los expresos presurosos
y amor en los océanos de acero.


Amor en las cenizas de la noche,
amor en un combate de carmines,
amor en los asientos de algún coche,


amor en las butacas de los cines.
Amor, en las hebillas de tu broche,
gimen gemas de jades y jazmines.





INTERIORES




I

En el tacto interior de esas gaviotas
hay un eco de sombras que conduce
a una intemperie toda de cristal.


Lo que el aire levanta es su presencia
que, en un compás de luces, se diluye
hacia una abierta y sola identidad.


¡Qué profundo interior éste del aire,
cuyas formas modulan su no ser!




II

¿Qué puede al hombre cautivar, sino la música
que en la quietud la arena en sí eterniza
y las olas tan sólo que a lo lejos
una a una, en su olvido, repite sin cesar?


Como su cuerpo son, también, de sombra
y entre su voz la sal es lo que dura
y ese rumor del eco en transparencia
de quien no sabe de otra eternidad.


¿Puede la música ser algo más que sombras
hechas a medida de una idea,
talladas en cristal por el que olvida
que hace surgir un dios de entre sus notas?


¿O lo que aquí llamamos música pudiera
muy bien llamarse el ala de una duda
y el paraíso firme que sostienen
interiores columnas de temblor?




MAYO DEL 68


La falda resbalaba
por el fucsia frambuesa
de sus medias. La lava,
por su tez de tigresa.


Nevaba, sí, nevaba
una canción francesa.
Por su boca marchaba
la armada japonesa.


Era París en mayo
Boticelli: la diosa
que surgía del tallo.


Cimabué. Cimarosa.
Libertad: aquel rayo
de pestaña furiosa.

 METAMORFOSIS



Indivisible voz
de indivisibles gotas
el fuego llega a ti
en voz de agua.
Mármoles, musgos, líquenes
que fueron
tu memoria de entonces
en el agua.


Bajo formas de fuego
que son luz
las figuras del fuego
que son agua.

 MÚSICA DEL AGUA



El espacio
-debajo del espacio-
es la forma del agua
en Chantilly.


No tú, ni tu memoria.
Sólo el nombre
que tu lenguaje escribe
en tu silencio:


un idioma de agua
más allá de los signos.




NATURALEZA


A José M. Guelbenzu


Y si, de pronto, tú, naturaleza,
entre pliegues de piedra me mirases
y no pudiera ser yo, sino tu.música
en los mismos instantes que dura una verdad;
una verdad que pasa por un cuerpo
abriéndole a los ojos todas sus superficies
para dejar de ser lo sido cada día,
para dejar de ser una verdad,
qué transparencia en la quietud del fondo.




PARÁBOLA DE ESTE MISMO LUGAR



El que camina y va
y el que regresa


El que está en un lugar
y el que ha venido


El que está inmóvil
y aquel que no ha tornado


El que sólo es el tiempo
de un espacio distinto


El que nunca es el tiempo
ni tampoco el lugar


El que es y no es
el que será y ha sido


El que era agua
y ahora es sólo aire


El que era tierra
y ahora es sólo agua


El que era aire
y ahora es sólo tierra


Informan la materia
de este mismo lugar


donde el que es ya era
y el que será ya ha sido


porque son la materia
de este mismo lugar.

 RITORNELLO


Nada hay en mí, sino esos horizontes
que alguien dormido contempla desde un mar:
desde otro mar, que acaso ya no existe.




SILENCIO

Equilibrio de luz
en el sosiego.
Mínima tromba.
Ensoñación. quietud.
Todo:
un espacio sin voz
hacia lo hondo oculto.




SIN


Sin signos.
Sin idioma.
Sin final.
Tal cual a ti
en ti
nada te cambia.
Lo anterior a tu voz,
eso es el mundo.




VARIACIÓN BARROCA SOBRE UN TEMA DE LUCRECIO




I


En una noche nos hacemos viejos
y, al despertar al mundo, la mañana
en la luz del cristal de la ventana
nos clava, como insultos, sus reflejos.


Los ojos en el agua son espejos
de la memoria llena de gris grana
y la palabra, para siempre cana,
nos deja sus acentos circunflejos.


En el lavabo de las horas lavo
el hollín de los días. Las semanas
dejan cal en el cuerpo; ladeada,
la sombra de los años; ignorada,
la inteligencia de las cosas vanas:
el grifo, el jabón, este lavabo.



II


El grifo, el jabón, este lavabo
adelantan la ciencia soberana
del existir: mirar por la ventana,
ver cuántas cosas cada día lavo.


Un resplandor de rayas, rojos lagos,
una copa, un libro, una mañana
de otro rostro mirando en la ventana
el mismo gris de sus contornos vagos


me hacen saber que acentos circunflejos,
auroras grises de los días, granas
sombras inmovilizan los espejos;
que somos el rumor de los reflejos
de las horas, los días, las semanas
y que una noche nos hacemos viejos.