Buscar este blog

Cargando...

martes, 23 de febrero de 2010

POEMAS DE RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA



(Madrid, 1888-Buenos Aires, 1963) Escritor español. Licenciado en derecho por la Universidad de Oviedo, consagró su vida exclusivamente a la actividad literaria, en la que se mostró como un escritor fecundo y pionero de un tipo de literatura que, dentro de la más pura vanguardia, se erige como una construcción personal de gran originalidad. Sus primeras obras muestran una actitud crítica e innovadora frente al panorama literario español, dominado por los noventayochistas, y coinciden con la dirección, asumida desde 1908, de la revista Prometeo, receptora y difusora de los primeros manifiestos vanguardistas en España, de los que fue su primer e incondicional defensor e impulsor. Animador indiscutible de la vida literaria madrileña, en 1914 creó una de las tertulias más frecuentadas y famosas con que ha contado Madrid, la del “Café Pombo”. Su particular visión de la literatura, concebida dentro de los presupuestos del arte por el arte, sin ningún intento de reflexión ideológica, dio lugar a un género inventado por él, las greguerías, definidas por el propio autor como «metáfora más humor». Consisten en frases breves, de tipo aforístico, que no pretenden expresar ninguna máxima o verdad, sino que retratan desde un ángulo insólito realidades cotidianas con ironía y humor, a base de expresiones ingeniosas, alteraciones de frases hechas o juegos conceptuales o fonéticos. Su vasta producción literaria incluye desde artículos y ensayos, algunos agrupados en libros, hasta dramas de tema erótico y obras más o menos novelísticas, muchas de ellas basadas en una trama truculenta, al modo de los folletines costumbristas, que por las incoherencias en la narración, las imágenes de tipo surrealista o el barroquismo de la expresión se convierten en una forma de absurdo que destruye todo sentimentalismo y las acerca a lo patético y grotesco. En 1936, a raíz del estallido de la guerra civil española, se exilió en Buenos Aires con su esposa, la escritora Luisa Sofovich, y en 1948 publicó la obra autobiográfica Automoribundia, testimonio de su vida y compendio de su estilo y su personal concepción literaria.




GREGUERÍAS


Lo que defiende a las mujeres es que piensan que todos los hombres son iguales, mientras que lo que pierde a los hombres es que creen que todas las mujeres son diferentes.

El amor nace del deseo repentino de hacer eterno lo pasajero.

Los que matan a una mujer y después se suicidan debían variar el sistema: suicidarse antes y matarla después.

Los globos de los niños van por la calle muertos de miedo.

El bebé se saluda a sí mismo dando la mano a su pie.

¿Y si las hormigas fuesen ya los marcianos establecidos en la Tierra?

La gallina está cansada de denunciar en la comisaría que le roban los huevos.

Lo peor del loro es que quiera hablar por teléfono.

Eso de creer que el loro no sabe lo que dice es no querer ofender, pero el loro nos mira cuando nos insulta.

Respetamos ese insecto que se pasea por el frutero porque es el que ha becado el campo para que vea la ciudad.

El sueño es un depósito de objetos extraviados.

El que está en Venecia es el engañado que cree estar en Venecia. El que sueña con Venecia es el que está en Venecia.

Los recuerdos encogen como las camisetas.

Al ver el anuncio de "6 vueltas" en el aparato de feria nos ha parecido que la vida no es más que eso, "X vueltas".

No hay que tirarse desde demasiado alto para no arrepentirse por el camino.

La prisa es lo que nos lleva a la muerte.

En cada día amanece todo el tiempo.

El más sorprendido por la herencia es el que tiene que dejarla.

Por los ojos nos vamos de la vida.

Nos sorprende ver en la tienda de antigüedades la taza en que tomábamos el café con leche cuando éramos niños.

Es sorprendente cómo se mete la fiebre en el tiralíneas del termómetro.

Astrónomo es un señor que se duerme mirando las estrellas.

La medicina ofrece curar dentro de cien años a los que se están muriendo ahora mismo.

En lo que más avanza la civilización es en la perfección de los envases.

El ventilador debía dar aire caliente en invierno.

Los ceros son los huevos de los que salieron las demás cifras.

Un país donde los que juegan al toro siempre encuentran quien haga de toro es un país paradójico progresivo.

La historia es un pretexto para seguir equivocando a la humanidad.

En las grandes solemnidades llenas de personajes uniformados parece que hay algunos repetidos.

Me gustaría pertenecer a esa época del futuro en que la historia tendrá doscientos tomos, para ver cómo se la aprenderán los niños.

No confiéis demasiado en vuestro propio corazón, porque él os fallará en definitiva.

No importa que nuestro vaso sea pequeño, pues lo importante es que la botella esté llena.

No debemos ser cómplices ni de nosotros mismos.

A un mentiroso sólo lo cura un sordo.

La popularidad es que nos conozcan los que no conocemos.

La mayor ingenuidad del novel círculo literario es el nombramiento de tesorero.

El lector -como la mujer- ama más a quien le ha engañado más.

Al cine hay que ir bien peinado, sobre todo por detrás.

No hay nada que desoriente tanto como un número de teléfono que hemos apuntado y que no sabemos a quién pertenece.

Hay tipos a los que es tan difícil sacarles una idea de la cabeza como el tapón que se ha hundido en la botella.

La O es la I después de comer.

Templar el agua del baño es como preparar un buen té.

El que bebe en taza, hay un momento en que sufre eclipse de taza.

El que pide un vaso de agua en las visitas es un conferenciante fracasado.

Algo se juega uno al echar los dados de hielo en el vaso.

Burbujas: momento en que el agua entrega su alma a Dios.

El baño, al desaguarse, protesta de lo sucedido.

En las aguas minerales burbujean peces invisibles, almas del silencio acuático, respiración de ranas, peces desaparecidos y últimos suspiros.

Las lágrimas que se vierten en las despedidas de barco son más saladas que las otras.

Las lágrimas desinfectan el dolor.

La lluvia es triste porque nos recuerda cuando fuimos peces.

Los lagos son los charcos que quedaron del Diluvio.

El granizo arroja su arroz festejando la boda del estío.

Las olas esculpen en las rocas calaveras de gigantes.

El hielo se derrite porque llora de frío.

El agua no tiene memoria: por eso es tan limpia.

El agua se suelta el pelo en las cascadas.

Donde es más feliz el agua es en los cangilones de la noria.

No hay nadie que saboree el agua como el pájaro.

El arroyo trae al valle las murmuraciones de las montañas.

El río cree que el puente es un castillo.

Los ríos no saben su nombre.

El ideal de las piedras es lavarse los pies en los ríos.

Los ríos siempre están escribiendo al mar la más larga carta.

Ese que lleva el paraguas abierto cuando ya no llueve parece un paracaidista caído del nido.

El paraguas puesto a secar abierto en el suelo parece una tortuga de luto.

Abrir un paraguas es como disparar contra la lluvia.

Los paraguas son viudos que están de luto por las sombrillas desaparecidas.

En las tormentas hay truenos sin rayos porque su rayo se ha traspapelado, y por lo mismo hay rayos con olvido de su trueno correspondiente.

El mar se pasa la vida duchando a la tierra para ver de hacerla entrar en razón.

El mar sólo ve viajar. Él no ha viajado nunca.

El mar arrastra de los pelos al río.

En la ola está el espejo de los abismos.

La ola muere en espuma de impotencia al no poder pasar tierra adentro.

El mar es mucha espuma de brocha y mucho filo de ola para afeitar las algas de la playa.

Todo el mar quiere salvarse en el tablón que flota.

La melancolía de los ríos de América es que son tan grandes que no pueden tener puentes.

El acto más bello de la playa es ver cómo se quita las medias de arena la mujer bonita.

Los mejillones son las almejas de luto.

Esponjas: calaveras de las olas.

En las caracolas ha quedado rizada en miniatura una ola, un rizo del mar cuando era niño.

Los cangrejos son manos de pianistas torpes tocando barcarolas.

- ¿Los peces lloran?
- Los peces no necesitan llorar, porque el mar es pura y salada lágrima.

Las conchas de las playas son los restos de los arroces que se come Neptuno.

Un pie levanta la colcha del mar: es el delfín.

Cuando aparecen tres perlas en una ostra es que el mar ha regalado al hombre una botonadura.

Las nubes de la tarde acuden al ocaso para empapar su sangre y caer como algodones usados
en el cubo del otro hemisferio.

Hay nubes que son como alas extraviadas.

Las nubes caen como leones sobre la luna, pero no la pueden devorar.

La tormenta comienza con un gran portazo conyugal, como si la diosa se hubiese marchado violentamente, dejando al dios encolerizado.

Hay unas nubes largas y finas que son como costillas del cielo.

Los días de lluvia, el Metro se convierte en submarino.

La lluvia acaba por olvido; pero, a veces, vuelve a acordarse, y vuelve a llover.

El pingüino, con la servilleta puesta, está esperando la hora de la sopa del Juicio Final en las playas antárticas.

Toda gota nace para estalactita, pero cae sólo como mortal gota.

La nieve se apaga en el agua.

Los remeros de la regata componen el ciempiés acuático.

La tragedia de la gota de agua cayendo en el cubo del lavabo toda la noche es una tragedia de asunto lacónico, pero espeluznante, que conocen las pobres criaturas humanas, en las que no todo ¡ni muchomenos!, es heroico…


Extraído de Ramón Gómez de la Serna. Greguerías. Cátedra.

1 comentario:

Daniel Jiménez dijo...

Nunca lo había leído, es fantástico, una visión del mundo impresionante. Me gustó mucho.